Estatua de la Libertad de París. Fotografía Javier Satori.

En tiempos tan confusos como los que vivimos actualmente, con buena parte de las libertades amenazadas por nuevos peligros para ese concepto fundador de las sociedades de las democracias burguesas de occidente, volver los ojos a  los símbolos puede permitir esclarecer qué significan para aquellos que los han erigido, es decir, los habitantes de ciudades como París y Nueva York. Éstos emplearon un enorme presupuesto (nada menos que un millón de francos de la época) para representar a ‘La libertad iluminando el mundo’  (‘La Liberté éclairant le mond’ en francés o ‘Liberty Enlightening the World’; en inglés) conocida por todos simplemente como la Estatua de la Libertad. De ellas es mundialmente conocida una de ellas, la neoyorkina situada en la Isla de la libertad, y que fue regalada por el pueblo francés al americano en homenaje a su primer centenario de libertades e inaugurada el 28 de octubre de 1886 por el presidente Grover Cleveland, quien daba con ello final a un largo proceso de gestación de la obra del escultor Bartholdi.

Mucho menos famosa es la estatua parisina que fue regalada por los americanos residentes en París a la misma ciudad de París y al pueblo que tan generoso había sido ese mismo año de 1886 en que una y otra estatua fueron colocadas en el lugar que actualmente ocupan. La parisina suponía el modesto agradecimiento por la imponente mole que hoy conocemos todos como la estatua de la libertad de Nueva York, y se conoce como (una de las) estatua de la libertad de París, en la Isla de los Cisnes. Hoy saluda a los barcos que navegan curso abajo del río Sena.

Estatua de la Libertad en Manhattan. Wikipedia.

Pequeña para las proporciones que nos tiene acostumbrados la imagen de la estatua de la libertad que preside la entrada a la isla de Manhattanonce metros y medio de altura la de París frente a los imponentes 160 toneladas de acero y cobre a una altura de 46 metros92 si le sumamos la altura de su pedestal -, esta ‘micro’ estatua francesa es sin embargo mucho más coqueta y entrañable, enmarcada como está en el río y con el trasfondo de la Torre Eiffel  que por las noches, iluminada, la hace tomar sus verdaderas dimensiones de icono mítico.

Situada en una de las islas del Sena, la Isla de los Cisnes, es una verdadera joya que ningún visitante a la ciudad de la luz que quiera ir más allá en su búsqueda de encontrarse con lo más genuino de la ciudad puede perderse.

Efectivamente, no son muchos los visitantes que se acercan a conocer esta isla alargada y rectilínea cuyo origen está, precisamente, en la necesidad de dar cobijo a los cisnes y demás aves que habitan un río tan eterno y constante como el navegar de esta especie entre los barcos de París.Pero, ¿donde se encuentran las otras estatuas que quizás alguien ha visto repartidas por otros enclaves de la ciudad de la luz? Si quiere el visitante averiguar algo más de la libertad que algunos han visto en París, haga click en el siguiente enlace para conocer más sobre esta proliferación de estatuas de la libertad en tierras francesas… 

César Requesens

Autor de la guía Granada Insólita y Secreta