Vidas singulares – Momentos finales

Theo Sarapo

A toda velocidad, Theo recordaba aquel final de agosto la larga lista de ventas, liquidaciones, pagos y búsquedas de deudas que venía realizando en los últimos meses desde que ella se lo dejara todo, sonrió. Toda esa montaña de deudas que era lo único que nadie sabía que había heredado aquel Sarapo que aceleraba cada vez más en aquella larga noche del día 28 pasado Parazol y llegando casi a Limoges.

Pensativo Theo. “No es fácil, no, amar a una diosa, menos aún protegerla, quererla, desear que vuelva a cantar sabiendo que ni llegó a los cincuenta de una vida que ella misma quería abandonar por odiosa, por tirana, por poco generosa salvo en la voz que le concedió esa vida, ese canto rasgado que le permitía colorear la vida de rosa, en la calle o en los bares o en la radio cuando la fama, de negro siempre vestida, tan de luto como toda ella en su vida hasta que le encontró a él, Theo, el chico raro, al que ahora todos creían un rico heredero que ya consiguió su botín, si, ja, reía sardónico cambiando de marcha, acelerando hacia ningún lugar en huida de ese vacío que nada ni nadie volvería a llenar en aquel Paris de su vida, la de Edith y la suya, parisino hasta la médula al que todos tenían por un intruso, más incluso los que querían tan mal a su pequeño gorrión herido, a su Piaf del alma, “cuidado con la curva, cuidado, Theo Sarapo, oso de trapo, que me espera mi diosa para cantarme allá arriba, ahora que ya acabé de liquidar sus deudas, sin nada que quedarme, pues nada quiero ya salvo volver con ella, dejar esta amargura y volver a sus brazos para seguir escuchándola ya por siempre….”.   

César Requesens